Alberti y la tradición literaria medieval

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Los integrantes de la generación poética de 1927 tomaron convergencia estética y referencia literaria en uno de los grandes clásicos barrocos, Góngora, y decantaron su inclinación hacia los poetas de la Edad de Oro. Sin embargo, también se interesaron por los cancioneros poéticos del siglo XV, así como por la poesía denominada, según los críticos, popular, tradicional, de tipo tradicional o popularizante, de donde su interés por la misma devino en la corriente que se ha apellidado <<neopopularismo>>.  Rafael Alberti, autor de un poesía heterogénea y de registros y procedimientos plurales, bebió en la tradición literaria de la Edad Media, empezando por el Poema de mio Cid (Entre el clavel y la espada, 1941) o Gonzalo de Berceo. Con todo, las huellas más tempranas y significativas del Medievo en su obra provienen de la lírica cancioneril y tradicional (Jorge Manrique, Gil Vicente, el poemilla <<En Ávila, mis ojos>>), de la que toma términos, combinaciones métricas y  motivos varios que se reflejan, entre otros libros, en La arboleda perdida, Marinero en tierra, La amante, El alba del alhelí, Entre el clavel y la espada, Retornos de lo vivo lejano, Ora marítima, Baladas y canciones del Paraná, Roma, peligro para caminantes. Los clásicos constituyeron, además, una fuente de inspiración para su dramaturgia, como ya se revela en su primera obra (El hombre deshabitado, 1923), cuyo punto de partida se encuentra en el auto sacramental, aunque con el propósito de invertir y transgredir el sentido tradicional del género, así como en los montajes modernos de de Calderón hacia 1925, su interés por La Numancia de Cervantes y sus versiones de La Celestina y de La Lozana andaluza.

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