Cisneros en Granada y la quema de libros islámicos

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Cuando en las últimas semanas de octubre de 1499 Francisco Ximénez de Cisneros llegó a Granada, reunía una larga y acreditada trayectoria eclesiástica y política, en la que destacaba su dignidad de arzobispo de Toledo. Instalado en la ciudad hasta principios de marzo de 1500, Cisneros se implicó muy vivamente en el proceso de conversión de los mudéjares, actuando como inquisidor en dos etapas bien diferenciadas y viviendo la rebelión del Albaicín, en diciembre de 1499, y las revueltas de las Alpujarras, iniciadas en enero de 1500. El propio Cisneros, quien cesó en sus funciones de inquisidor el 4 de febrero de 1500, comenta su labor catequética, no siempre coincidente con las instrucciones marcadas por los reyes, y los sucesos granadinos en varias cartas enviadas a los capitulares toledanos. A partir de abril de 1500 se pierde la pista de Cisneros en Granada y, desde entonces, la política cambiante de los monarcas respecto a los neoconversos desemboca en la orden de 12 de octubre de 1501, por la que mandan a los corregidores y alcaldes de la ciudad de Granada, así como de las otras ciudades, villas y lugares del reino que en el plazo de treinta días se quemen públicamente los libros del <<alcorrán>> y <<la seta mahomética>>. Meses después (12 de febrero de 1502), hacen pública la pragmática de expulsión de <<todos los moros de XIIII años arriba y todas las moras de hedad de XII años arriba>> en los reinos de Castilla y León. Ahora bien, el primer biógrafo de Cisneros, Juan de Vallejo, que escribió entre 1530 y octubre de 1547, dejando inacabada su obra, achacó a Cisneros la orden de quemar los libros islámicos, lo que repitió Alvar Gómez en 1569 y, luego, otros muchos historiadores de los siglos XVI y XVII (Mármol Carvajal, Bermúdez de Pedraza, Quintanilla y Mendoza). Sin embargo, no existe ni un solo documento coetáneo que avale el relato de Vallejo, incluyendo las crónicas contemporáneas (Bernáldez, Galíndez de Carvajal, la Anónima continuación de Pulgar) o cercanas (Alonso de Santa Cruz), las cartas del mismo Cisneros, la correspondencia de Pietro Martire D’Anghiera y las obras que representan las fuentes árabes más próximas cronológicamente a aquellos años. Tras examinar el contexto histórico a través de las fuentes y la nutrida bibliografía, señalo en la biografía de Vallejo burdos errores en la cronología y datación de acontecimientos, ignorancia de pasajes fundamentales en la vida del protagonista, imprecisión y vaguedad respecto a otros, noticias de autenticidad muy cuestionable, dislates históricos y consejas que da por verídicas sin mostrar ningún escepticismo. Todas estas tachas permanecieron con modificaciones en la biografía de Alvar Gómez y han llegado sin crítica a casi todos los estudiosos actuales, algunos de los cuales han llegado a desbarrar hasta límites insospechables no solo cubriendo de vituperio al arzobispo sino llegando a achacarle nada menos que la implantación del celibato eclesiástico en España, la promoción de la expulsión de los judíos y la causa de “el fin de la civilización hispanoárabe”. Tras resumir estas cuestiones, analizo la génesis de la falsa atribución de Vallejo en una tradición oral que, a partir del decreto real de 12 de octubre de 1501, se fue modificando, transformando, exagerando, deformando y combinando hasta ahijar a Cisneros una acción que no había protagonizado; sitúo la quema en su contexto histórico por comparación con otros fenómenos coetáneos de censura; y concluyo que los datos inequívocos sobre el arzobispo y futuro cardenal brindan un panorama muy distinto de su actitud ante los libros que suma su solicitud de préstamos de ejemplares para obtener copias, la lista de adquisiciones, el desvelo por dotar la biblioteca de la Universidad de Alcalá, fundada por él, la protección de la imprenta, el patrocinio de traducciones y el apoyo a múltiples escritores y proyectos editoriales, entre los que brilla la promoción e impresión de la Biblia políglota complutense.

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