Cristóbal Colón: los libros del Almirante

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La conocida pasión bibliófila de Hernando Colón no surgió de la nada sino que procedía tanto de su tío Bartolomé como, sobre todo, de los libros anotados por su progenitor, porque, de acuerdo con lo que comenta Francisco López de Gómara, en su Historia de las Indias (1552), no le extrañan los miles de volúmenes atesorados por don Hernando por ser <<cosa de hijo de tal padre>>. El propio Colón reconoció siempre la importancia que los libros habían tenido en sus proyectos y sus logros, aunque el examen de sus aficiones librescas tropieza con no pocos problemas, entre los cuales el más grave resulta el de la diacronía. Fue, con todo, el período portugués, que se extiende probablemente desde 1476 o una fecha cercana hasta los primeros meses de 1485, el que marcó un progreso transcendental en la ampliación de los saberes de Colón. Allí, en efecto, según su propia confesión, incrementó notablemente su arsenal de lecturas de astrología, geometría y aritmética, y profundizó en otras materias (<<he yo visto y puesto estudio en ver de todas escrituras cosmografía, istorias, corónicas y filosofía y de otras artes>>), además de adquirir unas habilidades cartográficas que le permitirán subsistir algún tiempo, durante su permanencia en Castilla, vendiendo a los navegantes cartas marinas. Más en concreto, por aquellos años debió de echarse al coleto, junto con la inseparable Biblia, la Geografía de Ptolomeo, más la Imago mundi de Pierre d’Ailly; con alguna posibilidad, la Historia rerum ubique gestarum, de Eneas Silvio Piccolomini; la Historia natural, de Plinio; y acaso el libro de viajes de Marco Polo. En suma, cuando Colón pisa Castilla en la primavera de 1485, además de su vasta experiencia marinera, es un hombre bastante cultivado: conoce varias lenguas (italiano, portugués, latín, amén de chapurrear ocasionalmente una jerga levantina), posee sobrados conocimientos cartográficos y se encuentra arropado por un apreciable caudal de lecturas de temática geográfica y cosmográfica que le resultaban imprescindibles para defender su plan. Ahora bien, a falta de inventario, la biblioteca de Colón, como la de cualquier otro contemporáneo, únicamente cabe reconstruirla por los apuntes que puedan suministrarnos las compras realizadas, los libros con su firma o sus notas y cualquier otra mención documental. A partir de estos presupuestos, establezco que entre las compras figuraron la citada Geografía de Ptolomeo (es decir, su Cosmographia sive de situ orbis); un Almanach perpetuum, que corresponde sin duda al libro de Abraham Zacut publicado con ese título en Leyria, en 1496; la relación viajera de Maco Polo; la Historia rerum ubique gestarum cum locorum descriptione non finita, de Pío II (Venecia, Iohannes de Colonia et Iohannes Manthem de Gherretzem,1477); el volumen misceláneo de Piere D’Ailly, encabezado por la Imago mundi y seguido de otros doce opúsculos suyos más cinco de Jean Gerson (Lovaina, Johannes de Westfalia, hacia 1483); y la traducción <<di lingua latina in fiorentina>> de la Historia naturalis de Plinio, realizada por Christoforo Landino para el rey Fernando de Nápoles(Venecia, Bartolomaio de Zani Portesio, 1489). Colón tenía la costumbre de acribillar los márgenes de sus libros con signos diversos (cruces, subrayados, doble lineado serpeante), como testimonian algunos de sus ejemplares preservados. Pero, además, Colón hizo intercambios de libros y recurrió a los empréstitos que le permitieron leer o transcribir títulos como la «Glosa ordinaria» de Nicolás de Lyra, editada en Roma en 1471-1472; Mandeville; el Catholicon de Juan Balbo; y distintas cartas de marear. Aparte de estas obras, cabe escarbar en otras lecturas de Colón a través de vías complementarias, como el examen de las citas esparcidas en sus distintos escritos: «Geografía» de Estrabón, Flavio Josefo (o sea, las Antigüedades judaicas), La Ciudad de Dios de san Agustín, las Etimologías de Isidoro de Sevilla (o a alguno de los muchos resúmenes que circularon durante la Edad Media), el Universal vocabulario en latín y en romance de Alonso de Palencia (Sevilla, 1490). La conclusión de este artículo, calificado como “magistral” por la reputada americanista Consuelo Varela, es que la biblioteca de Colón puede considerarse bastante estimable para lo habitual en un marino de fines del siglo XV e incluso muy superior a la de otros personajes de su entorno, sobresaliendo su constitución con libros no muy comunes, seleccionados en su mayoría con buen tino de acuerdo con su misión.

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