Cultura eclesiástica, cortesana y urbana en la Castilla del siglo XIII

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Tras unas reflexiones sobre el concepto de ‘cultura’, este artículo se centra en un análisis de la actividad literaria en el tiempo y lugar acotados en el título, aunque estableciendo algunas relaciones inevitables con otras facetas culturales y teniendo en cuenta que, durante la Edad Media, la actividad intelectual se desarrolló durante mucho tiempo a la sombra de la Iglesia, a la que se fueron uniendo con el paso del tiempo las cortes regias y señoriales y, más tarde, las ciudades. En cuanto a la cultura eclesiástica, tengo en cuenta, en primer lugar, la labor educadora de la Iglesia, algunos de cuyos centros se convirtieron en focos de preservación y transferencia de la cultura antigua, al tiempo que varios monasterios tuvieron un influjo determinante en la aparición de ciertas formas literarias. Tal labor de las escuelas monásticas y catedralicias prosiguió afanosa en la Castilla del siglo XIII, según muestran los casos de Santiago y Toledo, y hasta en algunos lugares, como Palencia y Salamanca, establecieron el germen de las primeras Universidades. Varios de esos organismos religiosos destacaban aún por la riqueza de sus bibliotecas, con la que no podía competir ni siquiera una casa real presidida por un monarca tan acucioso de saber como Alfonso X. En segundo lugar, dado el cometido secular de la Iglesia como institución educadora, numerosos escritores hasta avanzada la Edad Media fueron clérigos, es decir, sacerdotes bien del clero secular o del regular que escribieron en latín o en romance (así, en esta centuria Diego de Campos, Lucas de Tuy, Ximénez de Rada, Guillermo Pérez de la Calzada, Rodrigo de Cerrato, Juan Gil de Zamora, Gonzalo de Berceo, Pae de Cana, Roi Fernández, Martín Moxa, Sancho Sánchez); y la identidad entre <<clerici>> y <<litterati>> constituyó la base de la disemia que pasó al género más novedoso del siglo XIII, es decir, al mester de clerecía, cuyo nombre proviene del exordio del Libro de Alexandre. A distintos clérigos incumbió asimismo la instrucción de infantes, príncipes y nobles y varios llegaron a disponer de fondos bibliográficos notables (Juan de Medina, arzobispo de Burgos; Sancho de Aragón, hijo de Jaime I; Gonzalo García Gudiel, deán de Toledo, obispo de Cuenca y Burgos, y arzobispo de Toledo). En tercer lugar, como resultado de los hechos anteriores, a lo largo del Medievo germinó una literatura que acepta, refleja y hasta defiende de manera expresa la doctrina de la Iglesia y su cosmovisión, acomodándose, por tanto, a la ortodoxia, lo que elucida el profundo influjo que en las letras del período ejercen la Biblia, los Padres, el derecho canónico o las disposiciones conciliares. Desde las invasiones germánicas prosperó asimismo una cultura cortesana, vale decir, una cultura que halló en las cortes regias y señoriales un centro de realización y expansión, amén de mecenazgo y estímulo, que se manifiestan en todo su esplendor en el siglo XIII, cuando la corte se muestra como el lugar que amalgama a escritores muy varios, entre los que se encuentran no pocos de quienes ejercen el poder, como ocurría en los territorios del sur de las Galias desde fines del siglo XI. Desde mediados del siglo XII, esa lírica provenzal se expandió en los entornos regios y en distintas cortes señoriales de la Península Ibérica, con cuyos antecedentes florecerá durante el siglo XIII en el reino castellano-leonés una cultura cortesana que permite a los escritores hallar para su tarea unas condiciones favorables que van desde el patrocinio regio o señorial hasta el trabajo en un ámbito que propicia determinados temas y en el que circulan otros autores coterráneos y extranjeros que dan a conocer sus novedades a un público que, por su formación superior, es capaz de apreciar las creaciones literarias con un juicio más depurado y un disfrute más hondo. En este concepto encajan en la Castilla del siglo XIII no pocas cortes presididas por nobles (el infante don Fadrique) o grandes eclesiásticos (el canciller don Juan, Ximénez de Rada), si bien en la Castilla del siglo XIII la labor literaria cortesana se centró, sobre todo, en las cortes de sus monarcas (Fernando III, Alfonso X, Sancho IV), ya que los tres, a partir de la educación recibida, exhibieron preocupaciones culturales que se reflejan tanto en el ambiente familiar como en el público. Así, las tres cortes coincidieron en promocionar la actividad literaria en latín, castellano, gallego-portugués y provenzal, si bien la labor en la última lengua está agotada al llegar el reinado de Sancho IV; y prestaron una favorable acogida a los trovadores que condensaban la lírica más representativa del momento, es decir, los provenzales y los portugueses. Por lo que atañe a las ciudades, tras preguntarme si la reconquista, la repoblación y el asentamiento cristiano en nuevos territorios propiciaron una actividad literaria impulsada por las mismas o sus instituciones o nacida como resultado de las necesidades e intereses de los núcleos urbanos, me refiero al incremento de la literatura jurídica (fueros, cartas pueblas), a textos en loor de una ciudad (Rithmi de Iulia Romula seu Ispalensi urbe) o de las empresas militares de sus ciudadanos (Crónica de la población de Ávila), a la actividad literaria en las ciudades (desarrollo urbano del teatro religioso, escritores caracterizados como burgueses) y a las menciones concretas de ciudades que revelan el deseo de los autores por mostrar sus lazos con un lugar determinado (Vigo en las cantigas de Martin Codax; Pontevedra, en las de Pai Gomez Charinho). Por último, analizo el alcance literario que tuvo en las ciudades la aparición de las Universidades (Palencia, Salamanca, Alcalá) y de las Órdenes mendicantes.

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