«De una ave llamada rocho»: Para la historia literaria del ruj

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Entre los animales fantásticos que afloran en <<La Celestina>> se cita en el prólogo, como <<exemplum>> de la reflexión sobre la lucha omnipresente en el mundo de la naturaleza, a una ave que el autor llama <<rocho>>: <<De una nave llamada rocho, que nace en el Índico mar de Oriente, se dice ser de grandeza jamás oída y que lleva sobre su pico, hasta las nubes, no sólo un hombre o diez, pero un navío cargado de todas sus jarcias y gentes. Y como los míseros navegantes estén suspensos en el aire, con el meneo de su vuelo caen y reciben crueles muertes>>. Aunque desde la edición de J. Cejador (1910-1913) se sabe que el pasaje proviene del prefacio de Petrarca al libro II de su De remediis utriusque fortunae, conocido por la edición de Opera en latín (Basilea, 1496), no se ha aprovechado el pasaje para precisar con más detalle la historia literaria del ave en la Edad Media, pergeñar su pervivencia en textos posteriores a La Celestina y discutir el problema de su etimología. Tales son los asuntos que abordo aquí. En cuanto al primer punto, tras desechar varias identificaciones hipotéticas, determino que el primer diseño conocido del ave corresponde al legado por Abū Ḥāmid en su Tuḥfāt al-albāb (El regalo de los espíritus), cuya redacción se inició en 1162, según el mismo autor. Posteriormente, tropezamos con una mención del pájaro en la Riḥla de Ibn Baṭṭūta (1356), en al-Damīrī, quien repite las noticias de Abū Hāmid (hacia 1400), y en dos pasajes de la recopilación de relatos que conformaron la obra rotulada Las mil y una noches. Marco Polo es el primer occidental que menciona el ave en Le divisament dou monde (1298), pero con cierta confusión que dejó ecos en las traducciones medievales al toscano, catalán, aragonés y castellano; y asimismo hacia 1320 el misionero Jourdain de Séverac dejó una breve descripción. De acuerdo con los diversos textos, el ruj se caracteriza por su localización geográfica en una zona bastante determinada (la extensión que va desde el mar de China al sur de Madagascar, pasando por la India), su desmesurado tamaño y su enorme fuerza (puede elevar por los aires una roca tan grande como una casa y mayor que un barco, una roca del tamaño de una montaña, un elefante, camellos, un hombre). De toda esta documentación se desprende que la pintura del rocho remite a una tradición oriental de la que Occidente tuvo noticias por el relato de Marco Polo y por la fama de Las mil y una noches, algunos de cuyos cuentos circularon por Europa ya desde el siglo XII. Con todo, Petrarca no muestra dependencia directa de ninguno de los textos conocidos, aun cuando parece tener <<in mente>> los viajes segundo y quinto de Sindbad, donde se hallan, respectivamente, los dos aspectos sustanciales de su breve diseño. Rojas, por su parte, aprovecha la imagen animalística fijada de antemano para adecuarla a un nuevo contexto mediante un perfecto ajuste y somete el texto petrarquista a un proceso de <<amplificatio>>, <<ornatus>> y <<congeries>>. Sin descartar ni mucho menos otros ecos, en la literatura postmedieval rescato interesantes referencias al rocho en los Lugares comunes de Juan de Aranda (1595), en el Teatro crítico universal del padre Feijoo, en el Libro de los seres imaginario de Jorge Luis Borges, y en Cuando el viejo Sinbad vuelva a las islas de Álvaro Cunqueiro. Por fin, el término <<rocho>> no entró en el Diccionario académico hasta 1884, pero tanto allí como en el Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico de J. Corominas y J. A. Pascual se hace derivar del árabe su etimología. Sin embargo, a tenor de los datos de que disponemos la etimología es inaceptable, puesto que Fernando de Rojas, quien representa el más antiguo paradigma de la conservación del vocablo y es casi con seguridad su introductor en castellano, translitera el vocablo latino <<rochum>> usado por Petrarca y lo convierte en <<rocho>>, solución idéntica a la adoptada por Francisco de Madrid en su traducción petrarquista de 1510. En consecuencia, a pesar de designar un ave de origen oriental, <<rocho>> no penetró en el castellano a través del árabe sino del latín medieval. Termino planteando un aspecto complementario sobre la pronunciación de la palabra.

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