El divorcio del príncipe don Enrique de Castilla y doña Blanca de Navarra (1453)

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Los desposorios entre el príncipe don Enrique de Castilla, futuro Enrique IV, y la princesa Blanca de Navarra, se celebraron en Alfaro, el 12 de marzo de 1437, oficiados por el obispo de Osma. Como ambos tenían doce años, Blanca permaneció con sus padres, Juan I y Blanca de Navarra, hasta que, en agosto de 1440 y en compañía de su madre entró en el reino de Castilla por Logroño, donde la recibió una selecta embajada, entre cuyos integrantes se encontraba Íñigo López de Mendoza, quien dirigió a la princesa un breve y circunstancial poema de bienvenida. El 15 de septiembre de 1440, con la presencia de los reyes de Castilla y de Navarra, se celebró en Valladolid la ceremonia nupcial, acompañada en días posteriores de <<singulares torneos y juegos novedosos>>. Pero el matrimonio estaba condenado al fracaso, no tanto porque se hubiera preparado como un enlace esencialmente polítco sino por los condicionantes de la personalidad de don Enrique que le impidieron la relación marital con su mujer y que los cronistas explicaron de manera diferente, aunque coincidiendo en la existencia de algún tipo de impotencia sexual. Ahora bien, don Enrique, ante la falta de descendencia, decidió solicitar el divorcio antes de terminar el año de 1452 y, como nadie en el momento del matrimonio había cuestionado su validez canónica, el príncipe, a lo que se desprende de la sentencia, alegó la imposibilidad de lograr <<cópula carnal>> con la esposa por <<estar legado quanto a ella, aunque non quanto a otras>>, es decir, justificó su impotencia como un caso de maleficio. Como la princesa aceptó la demanda, como el examen físico probó su virginidad y como se aportaron las declaraciones de <<algunas mugeres>> de Segovia alegando haber tenido con el príncipe <<cada una dellas tracto e conoscimiento de ome con muger>>, el juez eclesiástico, Luis de Acuña, obispo de Segovia, falló a favor de la demanda en audiencia pública, el 11 de mayo de 1453. Con todo, esta sentencia, aparte de malas interpretaciones coetáneas, ha procurado no pocas discusiones, ya que forma parte de la argumentación a favor o en contra de la legitimidad de doña Juana de Castilla, tristemente apodada la Beltraneja e hija del segundo matrimonio de Enrique IV con Juana de Portugal. Ante estas interpretaciones, estudio con pormenor los considerandos de la sentencia para explicar que se cumplieron todos los trámites legales y, como en la misma solo se daba por verificada una impotencia parcial del marido, quedaba abierta la puerta para un segundo matrimonio del litigante, en cuanto era apto para la generación y había solicitado el divorcio porque deseaba <<ser padre e aver e procrear hijos>>. La sentencia, que era absoluta y terminante, buscaba además una motivación parcial al aducido <<ligamiento>> de Enrique en relación con Blanca, lo que se explana teniendo en cuenta que en el siglo XV se admitía la posibilidad de un <<maleficium>> con múltiples efectos posibles, entre los que, según doctrina defendida ya por santo Tomás, se encontraba el influjo en procesos amorosos como la <<philocaptio>> y la provocación de disfunción eréctil en el varón, sobre lo que aporto buen número de ejemplos de teólogos, legisladores y médicos. En estas circunstancias, no puede extrañar que Nicolás V apruebe el supuesto del <<maleficium>> en la bula de dispensa para el segundo matrimonio (1 de diciembre de 1453), por lo que los intentos posteriores de deslegitimar la sentencia de divorcio y considerarla inválida solo pretendieron mostrar como inválido el segundo matrimonio de don Enrique con Juana de Portugal en 1455 y, en consecuencia, la ilegitimidad de su hija Juana como sucesora al trono de Castilla. El divorcio resulta, así, de crucial interés con motivo del debate sucesorio entre Isabel la Católica y Juana de Castilla y en otros momentos de la vida de la reina.

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