El presunto judaísmo de «La Celestina»

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Entre las diversas interpretaciones de «La Celestina», desde principios del siglo XX se convirtió en bien manoseada la que la enjuicia en función de presuntas claves judaicas. Tal explanación, que sigue reapareciendo de vez en cuando, tiene su base en la demanda del suegro de Fernando de Rojas para que éste actuara como letrado defensor en el proceso que se le siguió como judaizante entre mayo de 1525 y octubre de 1526. A partir de esta declaración, publicada en 1902, diferentes críticos, sin entenderla bien, sin capacidad para  distinguir entre las categorías de judío y converso y con escasos saberes históricos y literarios, se lanzaron a achacar al autor un origen converso con el que explanar cuantos detalles y particularidades de la obra no comprendían (la inexistencia del nombre del escritor en la primera edición y su inclusión en el acróstico en las sucesivas; el pronto cese de su actividad literaria; el suicido de Melibea; la equiparación que de Melibea hace Calisto con Dios; y otros detalles menudos). Este tipo de apreciaciones se incrementó por el predicamento que, desde la segunda mitad de la los años cincuenta, alcanzaron entre muchos estudiosos las teorías de Américo Castro y sus discípulos, de modo que se llegó a interpretar «La Celestina» como el reflejo de las dificultades para unirse en matrimonio un caballero cristiano viejo (Calisto) con la hija (Melibea) de un poderoso judío converso (Pleberio), aunque, como ejemplo de semejante dislate, no faltaron quienes supusieron lo contrario, vale decir que Melibea era la cristiana y Calisto el converso. En este artículo, cuyas conclusiones han compartido muchos estudiosos, se analizan y rechazan con minucia las hipótesis resumidas y se asienta, además, que la explicación del argumento de «La Celestina» como un problema racial no se apoya en el más mínimo fundamento; que no existe base alguna para pensar que la obra plantee una protesta social contra la situación de los conversos; que la actitud del autor no deja ningún flanco de ataque a la ortodoxia ni a la Inquisición; y que ningún aspecto de la obra se aclara desde la perspectiva de un Rojas converso. Todo ello coincide, en definitiva, con lo percibido por los lectores durante siglos, de modo que antes de 1902 nadie sugirió ninguna cuestión como las que se rebaten en este artículo.

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