¿Hay precedentes de la novela rosa?

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Planteado entre interrogaciones, comienzo este artículo intentando bucear en los motivos y las características que definen la denominada novela rosa y que no me parecen tan aclarados como sería deseable, al comprobar que tal marbete se aplica, entre otros, a autores extranjeros tan diversos como Barbara Cartland, Berta Ruck, Florence L. Barclay, H. Courrhs-Mahler, Grace Livingstone Hill o Concordia Merrell y a escritores españoles tan distintos como Carlos Santander, Rafael Pérez y Pérez, María Teresa Sessé, María del Pilar Molina, Laura Tur, Ángela Rodríguez, Felisa Pelaz, María de las Nieves Grajales y Corín Tellado. Compruebo, así, que, al enfrentarse con estos autores, carecemos de una cronología que señale el inicio del género en una temporalidad concreta que permita descubrir a los iniciadores y delimitar los rasgos primigenios como paso previo para indagar si tales notas se han sentido como iterables, transformables, modificables o combinables por los autores que han venido después. En segundo lugar, compruebo que desconocemos el momento concreto en que surgió el nombre de “novela rosa” y quién y en qué sentido la usó por primera vez. Ni siquiera resulta patente, en tercer lugar, que tal nombre sea válido para los autores y novelas a que se ha aplicado, porque incluso algunos de los más conspicuos representantes del género lo rechazan. Tampoco veo claro, en cuarto lugar, cómo se produce el paso que autoriza a englobar bajo la misma denominación a productos que, aun cuando relacionados con tales textos, usan un soporte distinto y un modo de difusión diferente (novelas radiadas, novelas televisadas, fotonovelas).
Así las cosas, intento desbrozar las marcas más características de la novela rosa (el amor como tema esencial y casi único, pero pleno de tópicos; la amplia difusión como producto de cultura de masas, cuyas notas distintivas son la accesibilidad temática, la escasa originalidad, la redundancia estilística, la búsqueda de la fibra sentimental; y la consideración de esos libros por los intelectuales como textos escapistas, alienantes y de calidad ínfima, de donde proviene su calificación como subliteratura, literatura de quiosco y denominaciones similares). A lo largo de ese análisis, voy señalando que, desde la poesía provenzal hasta el teatro romántico (poesía cancioneril, ficción sentimental, libros de caballerías, pliegos de cordel, romancero), hallamos modalidades literarias y géneros que muestran semejanzas y analogías con el contenido, la difusión y la valoración crítica de la novela rosa. Estas conclusiones no implican que pueda hablarse de precedentes de la novela rosa en un sentido genético, pero sí sirven para revelar que la novela rosa no puede explicarse sin integrarla en una larga tradición cultural que ha ido fijando motivos, modalidades, actitudes y preferencias de lectores y críticos que, en unas circunstancias nuevas, se readaptan y adoptan unas peculiaridades, de acuerdo con la norma de que todo género solo se manifiesta en una concreción temporal.

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