Intelectuales españoles en Roma durante el gobierno de los Reyes Católicos

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Iniciada la historia moderna del pontificado con el regreso de Martín V a Roma en 1420, la Urbe volvió a convertirse en la capitalidad del poder religioso y terrenal, transformándose con Sixto IV en la corte y cabeza de un principado que devino en el escenario central de la diplomacia internacional. Por tanto, Roma, donde la colonia española llegó a convertirse en la más numerosa en los primeros decenios del Quinientos, ocupó un puesto de primera entidad entre los intereses diplomáticos de los monarcas hispanos, Isabel y Fernando, desde antes de acceder al trono de Castilla en diciembre de 1474 hasta la muerte del rey en enero de 1516. A lo largo de esos decenios, en la comunicación con los distintos pontífices (Sixto IV, Inocencio VIII, Alejandro VI, Pío III y Julio II en los estertores del reinado de don Fernando), los monarcas debieron negociar tanto asuntos de carácter religioso o eclesiástico como otros de índole estrictamente política. Para cumplir esas funciones eligieron embajadores permanentes o extraordinarios de renombrada categoría política y cultural (Gonzalo de Beteta, Gonzalo Fernández de Heredia, Francisco Vidal de Noya, Joan Margarit, el conde de Tendilla, Juan Ruiz de Medina, Bernardino López de Carvajal, Francisco de Rojas, Jerónimo de Vich). Pero, además, en Roma encontramos durante ese período a hispanos conectados con el Studium Urbis (Jeroni Pau, Joan Llopis, Esperandeu Espanyol, Bernardino López de Carvajal); a otros apoyando las tareas de los intelectuales y humanistas, así como las labores arquitectónicas y las artes plásticas (Joan Margarit, Joan Llopis, Jaume Serra, Bernardino López de Carvajal y Rodrigo Borja durante su larga etapa cardenalicia) y también las representaciones dramáticas (Jaume Serra); a algunos como «familiares papae» (los médicos Gaspar Torrella y Pere Pintor o los bibliotecarios Pere García y Juan de Fuensalida); miembros de las familias cardenalicias (Pere Boscà, Diego Guillén de Ávila); y oficiales de la cancillería (Joan Llopis, Jaume Casanova, ambos promovidos luego al cardenalato). Entre los prelados hispanos de la curia, Alonso de Paradinas fue el fundador de la iglesia de Santiago de los Españoles; y entre los cardenales de origen hispano se hallaban Ausias Despuig, Pero Ferriz, Pero González de Mendoza, Juan de Aragón, Joan Margarit, López de Carvajal, Bartolomé Martí, Joan Llopis, Joan de Borja, Diego Hurtado de Mendoza, Pedro Luis de Borja, Jaume Serra, Francisco de Borja, Joan de Vera, Juan Cautelar, Francisco Remolins, Fancisco Desprats, Jaume de Casanova, Francisco de Loris, Francisco Remolins y Juan de Zúñiga, de modo que, a la muerte de Alejandro VI, el veintisiete por cierto del colegio cardenalicio estaba constituido por prelados hispanos que formaban un grupo amplio, poderoso y compacto. Algunos hispanos se distinguieron por sus actividades traductorias (Diego Guillén, García de Bovadilla), mientras que el enorme interés que desde la segunda mitad del siglo XV se fue despertando en Italia por la política y la cultura españolas explica también que, además de la publicación de obras de este origen por las imprentas italianas, se iniciara ya a comienzos del XVI un proceso de traducciones al italiano, con lo que se lograba una propagación de los éxitos editoriales de España. La primera muestra de esta labor en Roma la constituyó la más temprana traducción de La Celestina, que, el 29 de enero de 1506, salió de la imprenta de Eucharius Silver. En fin, los intelectuales españoles en Roma publicaron tratados técnicos (medicina, derecho), textos de temática religiosa y teológica, libros de geografía y cosmografía y obras históricas muy varias.

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