Isabel, infanta de Castilla, en la corte de Enrique IV (1461-1467): Formación y entorno literario

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El 22 de abril de 1461, la infanta Isabel, futura Isabel la Católica, cumplió diez años. Desde la muerte de su progenitor, el rey Juan II de Castilla, vivía en Arévalo bajo la supervisión de su madre y no sabemos si sería capaz de asimilar lo que significaba la tramitación de su matrimonio con el príncipe de Viana, proyecto del que tendría noticia al menos desde mediados de ese año por la visita del embajador de don Carlos a Arévalo. Sin embargo, el embarazo de la reina doña Juana, tras haber transcurrido casi siete años desde su matrimonio con Enrique IV, va a trastrocar de raíz la situación mantenida hasta entonces con unas derivaciones que gravitarán durante decenios no solo sobre la política castellana sino también sobre la peninsular y la europea. La preñez de la reina, en efecto, alteraba todas las previsiones sucesorias, por lo se decidió que Isabel y su hermano pequeño, Alfonso, fueran llevados a la corte. Enríquez del Castillo, copiado luego por Galíndez de Carvajal, ofrece una versión del traslado que se aparta de forma radical de las que dieron los propios infantes (Alfonso, en una cédula de 6 de julio de 1465, para justificar el derrocamiento de Enrique IV; Isabel, en una circular de 1 de marzo de 1471 para defender sus derechos sucesorios). Enríquez e Isabel, sin embargo, concurren en colocar la conducción de la infanta a la corte durante el embarazo de la reina, lo que casa con la primera noticia que se tiene sobre la vida de la infanta en la corte: su actuación como madrina en el bautizo de doña Juana. En suma, los infantes debieron llegar a la corte en los últimos meses de 1461 y, más concretamente, a partir del mes de octubre, cuando Isabel contaba unos diez años y medio y Alfonso rondaba los ocho. En la corte los hermanos pasaron a la custodia de la reina, la cual pretendería evitar problemas en la sucesión, cuyas perspectivas se modificaban de raíz tras su embarazo, y, contraviniendo el testamento de Juan II, se privaba a la madre no solo de la custodia sino de la administración de las rentas de Isabel y de Alfonso. El cotejo minucioso de docenas y docenas de documentos, de las crónicas coetáneas y de una abundante bibliografía permite esbozar la vida de la infanta durante los seis años aproximados que duró su estancia en la corte de su hermanastro Enrique IV. Isabel vivió integrada siempre en el entorno de la reina; se convirtió en protagonista de negociaciones políticas, pues, una vez muerto Carlos de Viana, se barajó su matrimonio con Alfonso V de Portugal, Pedro Girón y, por último, Fernando de Aragón; se vio sometida a los peligros que amenazaban al propio Enrique IV y en dos momentos estuvo a punto de ser secuestrada en golpes de mano ejecutados por secuaces de Pacheco; y hacia 1465 se le constituyó Casa propia, aunque continuó en una dependencia funcional de doña Juana. Al tomar Segovia los nobles rebeldes, el 17 de septiembre de 1467, Isabel se quedó en la ciudad, apartándose del rey desde ese momento. Durante los años en que Isabel y Alfonso moraron en la corte de Enrique IV hubo de continuar la educación de ambos iniciada en Arévalo, aunque con una docencia separada. En el entorno de doña Juana privaba el gusto por los tocados atractivos, el maquillaje exquisito, la música y el baile y, como predominaban los portugueses, la infanta pudo seguir manejando el idioma aprendido en la infancia con su madre. Hubo, además, por un lado, una educación reglada como prolongación de las líneas fundamentales que se habían trazado en Arévalo, que insistiría en la práctica de la lectura y la escritura, así como el ahondamiento en cuestiones religiosas y devocionales. Asimismo, se añadiría una enseñanza de carácter más estrictamente cortesano, en la que hubo de ocupar un puesto destacado la música, el canto y el baile, además de la equitación, la práctica cinegética y el aprendizaje de algunos juegos de mesa, sobre todo el ajedrez. Asimismo, en estos años hubo de instruirse en los saberes que se consideraban imprescindibles en la formación de príncipes y nobles: colecciones de <<exempla>>, literatura gnómica, tratados de <<specula principum>>, seleccionados libros de historia, diversos textos legales, biografías femeninas. A otros conocimientos pudo acceder Isabel por la influencia del ambiente cortesano en que vivía, como los diversos festejos caballerescos, las representaciones dramáticas o paradramáticas, las manifestaciones literarias más variadas (desde la poesía cancioneril a la literatura política). En suma, en este tiempo se plantaron las raíces más profundas de su educación y se marcaron actitudes y vivencias que evolucionarán en el futuro. [Para la etapa anterior, vid. N. Salvador Miguel, “La instrucción infantil de Isabel, infanta de Castilla (1451-1461)”, en Arte y cultura en la época de Isabel la Católica, ed. J. Valdeón Baruque, Valladolid, Instituto de Historia Simancas, 2003, pp. 155-177 (recogido también en academia.edu)].

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