Judíos y conversos en la literatura medieval castellana: Hechos y problemas

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Aunque la bibliografía acumulada sobre judíos y conversos en la España medieval es bastante granada, ha existido un desinterés por el tema aquí propuesto, cuyo examen debe abarcar al menos tres aspectos: en primer lugar, los judíos y conversos como autores de obras en castellano; en segundo término, la visión y caracterización de judíos y conversos en la literatura castellana; por último, los posibles influjos de la cultura y de las letras hebreas peninsulares en la castellana. De esa terna, me concentro en este artículo en el punto inicial, tras unas precisiones históricas liminares, distinguiendo una primera etapa que llega hasta a 1391 y otra que se inicia entonces, en la que los judíos, de manera progresiva, ven coartadas sus actividades y disminuido su poder político y económico, de modo que, pese a épocas de relativa bonanza, como sucede durante el gobierno de Juan II, las cosas ya no volverán a ser nunca como antes. Además, la consecuencia más destacada de los sucesos de 1391 es el aluvión de conversiones, cuyo fundamento hay que buscar tanto en razones religiosas y materiales como en el cálculo político y en determinados influjos ideológicos, desplazando, en cualquier caso, el fenómeno judío para ser sustituido por el fenómeno converso. A partir de estas premisas establezco que, aparte de otras contribuciones a la cultura castellana, antes de 1391 la labor de los judíos como escritores en castellano es bastante magra, pues solo resalta el nombre de Sem Tob de Carrión, autor de los Proverbios morales entre 1355 y 1360, y dos obras anónimas, probablemente de comienzos del siglo XIV: el breve poema El Dio alto que los cielos sostiene y las Coplas de Yóçef. Esta deducción coincide con el hecho de que antes de 1391 los judíos se sentían como una comunidad cultural y religiosa, uno de cuyos rasgos de identidad era, precisamente, su lengua, por lo que desde el siglo XI solían echar mano del hebreo para las tareas literarias; y, por eso, Abner de Burgos, tras convertirse en 1321 y adoptar el nombre de Alfonso de Valladolid, siguió escribiendo en hebreo, como la lengua de cultura que le era habitual, aunque se ocupó de que varios de sus libros se tradujeran al castellano. Después de 1391, mientras los judíos siguen empleando el hebreo como lengua de cultura, salvo en alguna labor traductoria (la versión castellana con comentarios de la Biblia hebrea encargada por Mosé Arragel de Guadalajara entre 1422 y 1433), los conversos, acordes con su nueva condición sociorreligiosa, echan mano bien del latín, como idioma de la cultura cristiana y de la sabiduría occidental (Pablo de Santa María, Alonso de Cartagena, Pedro de la Caballería), o bien, con más frecuencia, del castellano. En concreto, en lo que respecta a la labor literaria en castellano, los escritores conversos, amén de repartirse cronológicamente a lo largo del siglo XV, se ocupan de los géneros y modalidades más varios: de la historiografía (Diego de Valera, Fernando de Pulgar) al documento político (Fernán Díaz de Toledo); de los tratados médicos (Alonso Chirino) a la traducción de textos clásicos (Alonso de Cartagena, Gonzalo de la Caballería); de los tratados caballerescos (Cartagena, Pulgar) a los comentarios bíblicos (Cartagena) o la epístola (Valera). Ahora bien, la indagación minuciosa de esta actividad durante el Cuatrocientos exige muchas distinciones que no siempre se han tenido en cuenta y con cuyo enunciado cierro el artículo, consciente de haber planteado algunos hechos y muchos problemas; unos pocos hechos y muchos problemas, para ser más exactos.

 

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