La Escuela de traductores de Toledo

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Al haber aparecido en uno de los números iniciales de Pabellón de España (revista oficial de la Exposición universal de 1992, que dejó de publicarse al término del acontecimiento), se trata de un breve artículo que apenas ha circulado y en el que planteo una tesis muy alejada de la más difundida.
Tras una sucinta referencia a la civilización hispánica anterior al siglo XI, recuerdo cómo, tras la entrada de Alfonso VI en Toledo en mayo de 1085 y el nombramiento de Bernardo de Sédirac como arzobispo (18 de diciembre de 1086), la ciudad conoce una ebullición cultural que se incrementa al acceder don Raimundo a la sede primada. A partir de entonces, aprovechando el factor material (libros y bibliotecas) y humano (concurrencia de sabios peninsulares y foráneos), Toledo deviene en un foco de notabilísima actividad traductoria, donde se suceden las versiones del árabe al latín y, en mucho menor número, del árabe al hebreo. Desde mediados del siglo XIX se ha caracterizado tal labor como producto de una “escuela” y se ha instituido al arzobispo don Raimundo como su fundador. Estos asertos, sin embargo, pertenecen a la categoría de <<idées reçues>>, porque, según pretendo demostrar, con fundamento en otros estudiosos, resulta improcedente hablar de “escuela”, ya que una escuela exige, por un lado, maestros y enseñanzas comunes y, por otro, pautas y directrices que afecten al conjunto de los integrantes y conduzcan a unos resultados comunes. Como estos presupuestos no se cumplieron en la ciudad toledana, nos enfrentamos más bien con grupos o equipos traductorios que aprovecharon, como en otros lugares (Barcelona, Tarazona, Pamplona), aunque con mayor eficacia, las circunstancias socioculturales y el apoyo del arzobispo, quien actuó como un mentor. Por supuesto, si no cabe hablar de escuela, menos cabe delimitar períodos, aun cuando las tareas traductorias continuaron durante los sucesores de don Raimundo, especialmente don Juan (1151-1166), y se prolongaron hasta principios del siglo XIII, si bien muy amenguadas desde la década de 1180, en que muere Gerardo de Cremona.
A partir de estas consideraciones, dedico el resto del artículo a repasar noticias sobre los traductores y la técnica de la traducción, así como a comentar la aportación cultural de estos textos, lo que me permite llegar a dos conclusiones. La primera es la importancia de estas traducciones para transmitir a Occidente a través del latín aportaciones griegas y orientales en distintas materias. La segunda es que parece simplista explicar esta labor como un mero paradigma de la convivencia en España de tres castas representativas de tres culturas, ya que, más bien, se trató de un trabajo fundamentado esencialmente en intelectuales cristianos, por lo que las traducciones toledanas representan la contribución española al Renacimiento europeo del siglo XII.

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