La visión de Isabel la Católica por los escritores de su tiempo

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Por distintas razones que estudio en las primeras páginas de este artículo, la futura Isabel la Católica promovió una consideración harto escasa entre escritores e intelectuales durante su período de infanta y princesa, para el que apenas contamos con otras estimaciones que las recogidas por los distintos cronistas. Sin embargo, tras convertirse en reina (13 de diciembre de 1474), Isabel se transformará en objeto de solicitud preferente de un sinfín de escritores, entre quienes ocupan un primer puesto los cronistas, los cuales, con todos los distingos que se quieran, reflejan una visión oficial y, en ocasiones, controlada por el poder de hechos y personajes, lo que impide juzgar sus apreciaciones en el mismo plano que las de otros autores. Aparte de los cronistas, entre los autores que se ocuparon de la soberana cabe distinguir un primer grupo de escritores de oficio y de intelectuales dedicados a la docencia; un segundo grupo, al que pertenecen personajes que conjugan de manera habitual la escritura con tareas políticas o administrativas; y un tercero, en el que se integran aquellos que escriben de manera esporádica y circunstancial, como consecuencia de un viaje personal o de carácter diplomático. Su enjuiciamiento de Isabel se manifiesta, a veces, en obras compuestas con el propósito de una divulgación pública; y, a veces, en su correspondencia particular. Entre los mismos, se encuentran, además, hispanos y extranjeros, en especial algunos humanistas, cuyo establecimiento en la corte apoyó la reina (Lucio Marineo Siculo, Pietro Martire d’Angheria, los hermanos Geraldini), y otros cuyo contacto con España fue circunstancial (Jerónimo Münzer, Antonio de Lalaing). Tras estas premisas, explico cómo en la visión que los contemporáneos transmiten sobre un personaje histórico entran en juego, independientemente de los actos del biografiado, muchos elementos que incluyen la dependencia o cercanía al personaje, la ideología y la perspectiva del escritor, la inmediatez o no de la escritura, el propósito laudatorio o crítico, el tipo de difusión de cada obra, y, en este caso, las analogías o diferencias que un mismo autor manifestó al escribir sobre su marido, Fernando. Ahora bien, aunque en el siglo XV existió una literatura crítica con el poder y sus gobernantes, apenas quedan retratos negativos de Isabel, aunque no falten censuras tanto a algún aspecto de su comportamiento privado (como, por ejemplo, los reproches que en una carta le hace Hernando de Talavera por su afición al baile) como a situaciones políticas (censuras en algunas cartas de Diego de Valera o en Fernando de Pulgar). Por tanto, las pinturas que se acumulan sobre la reina suelen coincidir en la visión laudatoria, que examino, con textos tomados de un amplísimo número de escritores, diferenciando las <<laudationes>> de índole global y las <<laudationes>> de carácter parcial, incluyendo en el segundo apartado las descripciones físicas, las cualidades políticas (su capacidad militar y pacificadora, su consideración como reina de España o de las Españas, su labor como administradora de justicia, su religiosidad), las aficiones culturales (sustentadora de la actividad cultural, interés por el estudio, conocimiento de lenguas, apoyo al latín, interés por el castellano, apoyo a la educación) y otros gustos literarios y artísticos. Concluyo, así, primero, que, pese a su diversidad, los escritores contemporáneos transmitieron un boceto muy positivo de Isabel, en el que, por lo común, no se distinguen sus atributos personales y los que se le ahíjan como monarca; segundo, que, aun cuando las cualidades políticas las comparte no pocas veces con su marido, se la distingue de él muy singularmente por sus intereses culturales, sobre todo por los escritores extranjeros; y tercero, que, salvo los cronistas, los autores de la época prestaron poca atención a comportamientos de la reina que conocemos mejor por la documentación, como su gusto por los saraos, las fiestas, los bailes, los vestidos o los tapices.

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