Las sirenas en la literatura medieval española

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En la traducción castellana del Trésor (hacia 1265) de Brunetto Latini, primer texto peninsular en que puede leerse una descripción detallada de la <<serena>>, se la define, entre otras particularidades, por su canto maravilloso y dulce; por el carácter tentador de ese cantar que atraía irremisiblemente a los marineros; y por su índole maligna, ya que, a causa de la atracción que ejercían sus canciones, los navegantes encontraban la muerte. Esos rasgos constituyen, sin duda, los motivos más sobresalientes de las sirenas desde su primera mención en la Odisea (XII.37-52, 153-200) y perviven en los textos griegos y latinos, pasando luego a la Edad Media a través del Physiológos griego, a través de los distintos bestiarios latinos y romances y a través de las enciclopedias, independientemente del influjo de algunas obras sueltas, de época clásica o posterior. A partir de estas premisas, estudio la reiteración de esos motivos y la aparición de otros nuevos en la literatura grecolatina (la compleja leyenda de los Argonautas, las Metamorfosis de Ovidio, Servio), en el Physiológos griego, de fines del siglo II o comienzos del siguiente, y en sus distintas versiones latinas o Physiologi, que empiezan a circular a finales del siglo IV. En la latinidad medieval varias de esas características se habían convertido en un lugar común (Boecio, Isidoro de Sevilla, Liber monstruorum de diversis generibus) y, con sus propias singularidades, reaparecen en los bestiarios tradicionales en lengua romance (Philippe de Thaün, Pierre de Beauvais, Guillaume le Clerc, Gervaise), en el Bestiaire d’Amour de Richart de Fournival, en dos compilaciones latinas del siglo XII con características análogas a los bestiarios en romance (el Bestiario de Oxford y el Bestiario de Cambridge), y en el libro II de una obra (De bestiis et aliis rebus) de autoría controvertida, aunque suele datarse en el siglo XII. Asimismo, en algunas de las enciclopedias más difundidas durante el siglo XIII se reiteran de un modo u otro parecidas peculiaridades (además de Brunetto Latini, Bartolomeus Anglicus y Tomás de Cantimpré). En los autores castellanos medievales que recurren a la imagen de la sirena, los motivos señalados se reafirman, con variantes de más o menos interés, si bien en varios casos van unidos a interpretaciones didáctico-morales, que a veces derivan a una aplicación cristiana (símbolos de la inconstancia, tentación, engaño, lujuria), de modo que la imagen de la sirena resultó cara a filósofos, predicadores, moralistas y escritores de ficción (traducción castellana de Nicolás Trevet, Espéculo de los legos, Coplas de los siete pecados mortales de Juan de Mena, Juan Rodríguez del Padrón, García de Vinuesa, La Celestina). Ahora bien, la condición tentadora de las sirenas se conectó desde la Antigüedad con la falsedad atribuida a la mujer en el amor, con la lujuria y con los peligros de la sexualidad, por lo que sirvieron como imagen de referencias antifeministas, sobre todo en contextos amorosos (san Jerónimo, Servio, Isidoro, Brunetto, Beauvais, Guillaume le Clerc, Juan de Mena, Rodrigo de Cota, Diego de Valencia, Diálogo del viejo, el amor y la hermosa). Thaün introdujo una variante, según la cual la sirena <<canta contra la tormenta y llora si hace buen tiempo>>, la cual recogen Bartolomeus Anglicus, el marqués de Santillana, Rodríguez del Padrón y Carvajal. En cuanto a la forma de las sirenas, que falta en el relato homérico, se dio por sentado a causa de la localización de la historia que se trataba de seres marinos que habitaban en una isla, pero ya en la Antigüedad se impuso una forma híbrida que las pintaba como mujer de cintura para arriba; y como un ave, el resto del cuerpo. Ese tipo de mujer-pájaro, mantenido en distintos autores, lo cambió ya el Physiológos griego y sus más relevantes versiones latinas, donde se difundió un tipo en que la parte superior del cuerpo semejaba aspecto humano (no, por tanto femenino), mientras que la inferior tenía aspecto de volátil. Esa variedad tuvo escaso éxito, frente a la que introdujo el Liber monstruorum de diversis generibus, donde por primera vez se pinta a las sirenas como seres cuya parte superior es de mujer y la inferior de pescado, si bien las vacilaciones en la descripción (mujer-pájaro frente a mujer-pescado) originaron todavía un nuevo tipo y ciertas descripciones singulares. Aunque desde el segundo cuarto del siglo XII se fue imponiendo el diseño de la sirena mitad mujer y mitad pescado, no llegó a desbancar totalmente al tipo clásico, creando una confusión que ha pervivido hasta hoy. Termino el artículo refiriéndome a otros aspectos complementarios (número de sirenas, localización, carácter mítico, credibilidad en su existencia). (Puede verse también en academia.edu mi artículo “Animales fantásticos en La Celestina» en Diavoli e mostri in scena dal Medievo al Rinascimento, Viterbo, 1989, pp. 283-302).

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